Más allá del protocolo: por qué la perspectiva de género en Enfermería no es una moda, sino buena praxis

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Autor: Mg Prof Andrés Dimitri

Durante años, buena parte de la formación sanitaria se apoyó en una idea aparentemente sencilla: un síntoma es un síntoma, la anatomía manda y los protocolos deberían funcionar de la misma manera para todas las personas. Sin embargo, la práctica clínica demuestra que la realidad es bastante más compleja. Dos pacientes con una misma enfermedad pueden expresar el malestar de manera diferente, consultar en momentos distintos, tener distintas posibilidades de cumplir un tratamiento y recibir respuestas diferentes del sistema de salud. En ese entramado aparece una dimensión que durante mucho tiempo quedó relegada: el género.

Hablar de género en Enfermería no significa reemplazar la biología ni explicar todos los problemas sanitarios desde una sola variable. Significa reconocer que el sexo biológico, los roles sociales, la educación, las responsabilidades familiares, la cultura y las condiciones de vida pueden influir en la manera en que una persona enferma, consulta, se cuida y se vincula con el sistema sanitario. Esa mirada ha cobrado renovada importancia a partir de una investigación publicada en 2026 en Journal of Clinical Nursing, desarrollada por Ainitze Labaka, María Isabel Trespaderne, Agurtzane Mujika y Naia Hernantes, que buscó operacionalizar el concepto de Enfermería sensible al género y traducirlo en atributos y comportamientos observables.

La idea central es más sencilla de lo que puede parecer. Una Enfermería sensible al género intenta cuidar sin permitir que estereotipos culturales condicionen la valoración, el razonamiento clínico o las decisiones asistenciales. No se trata de agregar burocracia a la consulta ni de convertir cada encuentro con el paciente en un debate ideológico. Se trata de revisar supuestos que muchas veces funcionan de manera automática. Los profesionales también interpretamos la realidad desde nuestras experiencias, aprendizajes y expectativas, y un sesgo inconsciente rara vez se presenta como un prejuicio evidente. Puede aparecer disfrazado de costumbre o de sentido común.

Un ejemplo cotidiano permite comprenderlo mejor. Pensemos en un hombre mayor que concurre a un control de hipertensión acompañado por su esposa. Ella conoce la medicación, recuerda las citas, organiza los controles y responde casi todas las preguntas. Si la enfermera se dirige exclusivamente a ella para explicar el tratamiento, probablemente no exista mala intención, pero sí puede reforzarse una doble idea: que la mujer es la cuidadora principal por defecto y que el hombre ocupa un rol secundario en el cuidado de su propia salud. Cambiar ese gesto no requiere más tiempo. Requiere hacer consciente la decisión y promover la autonomía del paciente sin desconocer el valor de su red de apoyo.

La perspectiva de género también invita a diferenciar entre sexo y género sin enfrentarlos. El sexo remite a características biológicas que pueden influir en riesgos, manifestaciones clínicas o respuestas terapéuticas. El género incorpora dimensiones sociales y culturales, como los roles, las expectativas y las formas aprendidas de comportarse. Ambas dimensiones pueden interactuar. Una mujer puede postergar durante años sus controles porque está sobrecargada por tareas de cuidado. Un hombre puede retrasar una consulta porque aprendió que expresar miedo o dolor es una señal de debilidad. La clave está en no convertir estas tendencias en nuevas generalizaciones. No todas las mujeres cuidan de la misma manera ni todos los hombres esconden sus emociones.

El problema adquiere especial relevancia cuando los sesgos penetran en la valoración clínica. Dolor, fatiga, disnea, ansiedad, palpitaciones o irritabilidad son datos que deben interpretarse, y esa interpretación puede verse condicionada por expectativas previas. Durante mucho tiempo, determinadas manifestaciones expresadas por mujeres fueron atribuidas prematuramente a ansiedad, estrés o causas ginecológicas antes de completar una valoración suficiente. Del mismo modo, también es riesgoso enseñar que los hombres siempre presentan síntomas “típicos” y las mujeres síntomas “atípicos”. La presentación clínica es diversa y el sexo del paciente nunca debería sustituir una evaluación rigurosa.

La Enfermería sensible al género también obliga a mirar los efectos de los estereotipos sobre los hombres. La idea cultural de que “los hombres aguantan”, “no lloran” o “van al médico cuando ya no pueden más” puede favorecer consultas tardías, ocultamiento de síntomas o dificultades para expresar sufrimiento emocional. Un varón puede manifestar malestar psicológico a través de irritabilidad, aislamiento o cambios conductuales y esa expresión puede pasar inadvertida si el profesional espera encontrar otras formas de sufrimiento. La perspectiva de género, por lo tanto, no busca privilegiar a un grupo, sino comprender cómo determinadas construcciones sociales pueden afectar la salud de cualquier persona.

En este punto, uno de los principios más importantes sigue siendo profundamente clásico: escuchar al paciente. Cuando una persona dice que un dolor es distinto, que algo no está bien o que nunca había sentido algo parecido, esa información debe formar parte del razonamiento clínico. No se trata de aceptar sin análisis el diagnóstico que el propio paciente atribuye a su situación, sino de reconocer que su experiencia constituye un dato. Escuchar antes de presuponer es, en definitiva, una práctica de seguridad.

Esta mirada puede integrarse con naturalidad al Proceso de Atención de Enfermería. En la valoración, permite explorar quién administra la medicación, quién toma decisiones, qué responsabilidades familiares existen, qué barreras económicas o culturales dificultan el autocuidado y cuál es la red de apoyo real. En el razonamiento clínico, obliga a diferenciar entre lo observado, lo relatado, lo medido y lo interpretado. En la planificación, ayuda a diseñar intervenciones posibles y no solamente correctas desde el punto de vista técnico. Un plan puede ser impecable en el papel y fracasar si no considera que una persona no tiene tiempo, recursos, autonomía o apoyo suficiente para cumplirlo.

La implementación también puede beneficiarse de esta perspectiva. Involucrar al paciente en su propio tratamiento, aunque concurra acompañado, favorece la autonomía. La educación sanitaria debería dirigirse a la persona atendida y no solamente a quien aparece como cuidador principal. Del mismo modo, la evaluación debería preguntarse si el plan realmente produjo resultados equitativos. Aplicar exactamente la misma intervención a todos no garantiza que todos puedan aprovecharla de la misma manera.

La investigación publicada en Journal of Clinical Nursing resulta especialmente valiosa porque intenta trasladar este enfoque a componentes concretos. El trabajo identificó como elementos relevantes la accesibilidad al sistema sanitario, el compromiso institucional con la equidad, la formación profesional, la legitimación de la experiencia del paciente, la integración del género al proceso enfermero y su incorporación a la gestión y el liderazgo. Esto desplaza la discusión desde la sensibilidad individual hacia una cuestión más amplia de calidad asistencial y organización sanitaria.

También obliga a revisar cómo registramos. Expresiones como “paciente difícil”, “poco colaborador”, “exagera” o “no cumple” pueden esconder juicios que reemplazan la descripción clínica. No es lo mismo escribir que un paciente “se niega al procedimiento” que registrar que “manifiesta temor, solicita más información y decide posponer el procedimiento”. La segunda formulación aporta datos y contexto; la primera etiqueta. Un buen registro describe antes de juzgar.

Las instituciones sanitarias, por su parte, deberían preguntarse si existen diferencias en tiempos de espera, manejo del dolor, educación para el alta, reconocimiento de cuidadores o acceso a determinados recursos. También las universidades pueden incorporar esta perspectiva de manera transversal en la enseñanza del PAE, la simulación clínica, la salud comunitaria, las urgencias, la geriatría o la salud mental. Cambiar el nombre o el género de un personaje dentro de un caso de simulación y observar si los estudiantes modifican sus decisiones puede ser una herramienta pedagógica muy poderosa.

Enfermería ocupa un lugar privilegiado para detectar estas desigualdades porque permanece cerca de las personas durante gran parte del proceso asistencial. Escucha, observa, acompaña, educa y muchas veces conoce detalles que no aparecen en otros registros. Esa proximidad permite identificar quién cuida, quién está agotado, quién comprende el tratamiento, quién tiene miedo y quién permanece en silencio.

La perspectiva de género, por lo tanto, no debería entenderse como una moda sanitaria ni como una etiqueta añadida al discurso profesional. Cuando está basada en evidencia y aplicada con criterio clínico, representa una forma de mejorar la valoración, reducir sesgos y fortalecer la atención centrada en la persona. Quizás la pregunta más útil para la próxima guardia sea muy sencilla: ¿estoy viendo realmente a esta persona o estoy viendo lo que esperaba encontrar en alguien como ella?

Responder esa pregunta con rigor puede mejorar mucho más que una consulta. Puede mejorar la calidad misma del cuidado.

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